• 'Políticas de altura' en Telde, para que la caída sea mayor

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    28/10/2017 - 14:31  

    Decir que los Plenos en Telde son tediosos y aburridos quedó lejos, el de octubre superó la ficción, sumó 2 nuevos calificativos, ‘burdos y ordinarios’

    Si hacemos nuestras las palabras de Sonsoles Martín (PP) o Artiles (MxT) para referirse a los temas de Pleno, aquello de…“convierten en extraordinario lo ordinario”… igual, hasta podríamos coincidir. Pero lo de ayer en la “cámara de representantes de la voluntad popular” fue de lo más ORDINARIO, con mayúscula.

    Más aún, en este caso, cuando lo ORDINARIO deviene de ORDINARIEZ… (RAE. Ordinariez: Acción o expresión, generalmente ordinarias o groseras, que demuestran mal gusto y falta de educación)

    La “tragicomedia”, por llamarlo de alguna manera, comienza cuando doña Esther González (Concejala no adscrita) “obliga a comparecer” a don Diego Ojeda, concejal de servicios sociales, porque, al parecer, no son tan sociales.

    La cortesía, el respeto y la sensibilidad que se espera para tratar o debatir sobre la gestión de los Servicios Sociales, no hizo acto de presencia, lo que primó fue el mal gusto, la ordinariez, la falta de empatía y la intolerancia. 

    Quien tenía que “moderar”, La “Presidenta”, lejos de ello, permitió que su concejal llevara el debate a niveles bajísimos, rayando la grosería, y para más “abundamiento” participó de forma activa en la “refriega”, convirtiéndose en la protagonista principal.

    Su falta de cordialidad en la entonación de su “amenaza” a la hora de aplicar a la oposición no sé qué norma para que queden mudos del todo, sorprende.

    Sorprende, porque tiempo a… no muy lejano, era ella la interrumpida en su límite de tiempo por la anterior alcaldesa y, Hernández, aludiendo a la importancia de su temática, seguía y seguía, erre que erre, hasta exasperar a cualquiera no respetando esa “norma” a la que ahora se aferra y aplica a “rajatabla” para callar al resto.

    En el Pleno de ayer, el cuento cambió, y las que aplicaban, “ayer”. La misma norma, llámese doña Sonsoles - a quien tampoco le doy la razón ni le quito la soberbia – “hoy”, tampoco la respetan, llegando a ser desagradables los dimes y diretes vertidos desde la mesa presidencial hasta la ubicación del contrario y viceversa, quedando en el aire un enrarecido ambiente de tensión, como si dos gallinas (con perdón del ejemplo) intentaran cacarear, una más que la otra.  

    Por si no era suficiente, el concejal compareciente, puso el listón a ras de suelo. En un intento de justificar su sueldo, aludió a que la señora Martín, cuando ostentó la misma responsabilidad, se ausentaba de la concejalía por asuntos personales para atender no sé qué cuestiones que aquí, por respeto, no repetiremos.

    No satisfecho con ello, "dijo" que se lo "habían dicho" sus antiguos subalternos, o sea, ¡suelta una perla de esta índole y además cita al mensajero!

    Aplicando lo que tanto gusta a la Sra. Alcaldesa, “repetir dichos de sus mayores”, [El colmo de la estupidez es aprender lo que luego hay que olvidar] porque malo es que se metiera en este barrizal poniendo como ejemplo de inacción política un "chisme o comentario", malísimo es, que además, aludiera al funcionariado como chivo expiatorio, pero, aún peor es a la altura que ha dejado su dignidad.

    Lo incomprensible es ver cómo este grupo que se engrandece de ostentar, al parecer, una autoridad moral por encima de todos a la igualdad, se permita, o le permitan a un concejal de sus siglas, horadar así el valor que pueda tener una mujer y no le obligue, ni se obligue a sí mismo, a regalar las disculpas que se le exigieron.

    ¡De pena, Sr. Ojeda y compañía! Entendiendo por compañía a la Sra. Alcaldesa

    Cuenta Luis Carandell en su libro “Se abre la sesión, anécdotas del Parlamento”, que José María Gil Robles, desde lo alto del hemiciclo del Congreso, pronunciaba un discurso en el año 1934. De los bancos de la oposición, salió una voz que a grandes gritos señalaba: “Su Señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”. Risas, voces y griterío siguieron a este exabrupto. Gil Robles esperó a que las aguas volvieran a su cauce, miró al diputado que le había interrumpido y le replicó con “finura y elegancia”: “No sabía que su esposa fuera tan indiscreta”.

    Al margen de la connotación política del personaje, “elevada forma” de dirimir y saber guiar los desplantes que puede producir una sesión plenaria, una prueba que demuestra, que de nada le vale ir tan “arreglado” al Sr. Ojeda, si no puede ser igual de educado.

     

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