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    02/09/2017 - 08:37  

    El último secreto de Peter Madsen

    El submarino del inventor danés encierra la pista más fiable de la misteriosa muerte de Kim Wall. Un caso para el que no hay móvil, ni arma homicida.

    Marta Fernández. El País.- El Nautilus yace olvidado sobre un promontorio de hierba en una zona industrial de Copenhague. Rodeado por un mar de contenedores. Apartado de los ojos de los curiosos. El submarino es ahora una prueba policial. Y la escena de un crimen. El lugar donde perdió la vida la periodista Kim Wall. Los investigadores lo han abandonado discretamente en este confín de la ciudad después de analizarlo. Apenas protegido por una valla y una cinta que ya se empieza a caer, guarda dentro la única pista fiable por el momento: la sangre de la reportera.

    Un día, este submarino ahora varado fue el hogar del hombre que lo construyó, Peter Madsen. Pero el inventor que quiso asombrar al mundo, terminó haciéndolo al convertirse en el principal sospechoso de la muerte de la reportera Kim Wall, un crimen que conmueve a Dinamarca y Suecia.
    Hasta ahora los daneses le conocían por sus estrambóticos proyectos. Una especie de doctor Frankenstein aeroespacial que terminó cayendo en desgracia.

    Sin ninguna preparación académica, se había hecho célebre construyendo cohetes con el único apoyo de voluntarios y dinero de aportaciones particulares. Luego le dio por los submarinos. Para unos es un visionario, para otros un artista, para la mayoría, sencillamente, un loco. “Es las tres cosas”, afirma su último socio, Christoffer Meyer, que se ha visto obligado a convertirse en su improvisado portavoz. Ahora Peter Madsen, espera en prisión provisional acusado de homicidio. En unos días un tribunal decidirá si eleva los cargos a asesinato.

    La muy tranquila Copenhague, la ciudad donde el máximo peligro es ser arrollado por bandadas de ciclistas suicidas de pedalear desaforado, ha vivido el verano conmocionada por un crimen que ha intrigado al mundo. El caso de Kim Wall es una acumulación de incógnitas y de elementos difíciles de encajar. Un inventor excéntrico. Un submarino en el que se comete un crimen. Un móvil que todavía se desconoce. Y una violencia que no casa bien con la hipótesis de un accidente. Los responsables de la investigación ni siquiera pueden determinar si la víctima y el sospechoso se conocían de antes. Kim Wall se embarcó en el Nautilus el pasado 10 de agosto para entrevistar a Madsen. Freelance, graduada en Columbia, elogiada por sus trabajos en Uganda o en las islas Marshall, fue a encontrar la muerte a poco más media hora de las costas de su Suecia natal.

    Aquella tarde de agosto, varios testigos vieron a la reportera junto a Peter Madsen en la torreta del submarino. Y después, Wall se esfumó. Cuando su novio denunció la desaparición a la mañana siguiente, se montó un operativo para localizar el Nautilus. No fue difícil. Aunque los marineros que lo vieron navegando tranquilamente sobre las aguas no podían imaginar lo que iba a pasar.

    Kristian Isbak, que trabaja en una empresa marítima de Copenhague, estaba allí. Recuerda haber visto a Madsen descender desde la torreta al interior. Una ráfaga de aire salió del agua y el Nautilus empezó a zozobrar hasta que se fue a pique. Madsen fue rescatado y llegó a hablar con los periodistas cuando le llevaron a tierra. Dijo que estaba intentando reparar un problema que había tenido en los tanques. Ni una pista de Kim Wall. Nada.

    Los equipos de rescate buscaron incesantemente. La prensa de todo el mundo se preguntaba dónde podía estar esa periodista que aparentemente solo había ido a hacer una entrevista sencilla. Tras diez días, un ciclista encontró su cuerpo en la orilla de una isla al suroeste de la Copenhague. O lo que quedaba de él. Su cadáver fue decapitado, mutilado y lastrado para que se hundiera bajo las aguas. Con un cuidado casi profesional. Jens Møller, el jefe del Departamento de Homicidios y responsable del caso, explica que quien lo hizo se tomó el tiempo de sacar el aire de los pulmones para que no volviera a la superficie. Pero volvió. La prueba de ADN fue definitiva.

    Madsen ha cambiado varias veces su declaración. Su primera versión era tan inconsistente que la policía la descartó inmediatamente. Dijo que había dejado a Kim Wall en un restaurante muy cerca del lugar donde embarcaron. Días después, confesó que Wall había fallecido accidentalmente a bordo y que decidió deshacerse de su cadáver. Siempre ha negado la mutilación. El responsable del Departamento de Homicidios reconoce en su despacho de Copenhague que “no se pueden determinar exactamente las causas de la muerte de Kim Wall. Ni se sabe con qué arma se cometió el crimen. Habrá que esperar a que los forenses hagan su trabajo”. El problema es que de momento no pueden ni hacerlo. No tienen los suficientes restos del cadáver. Con la misma dedicación con la que la buscaron viva, la policía peina ahora la costa. Las autoridades marítimas suecas se han sumado a una operación que de momento no ha servido para nada.

    El caso tiene tantas aristas como su protagonista. Aunque su abogada repite que Madsen está colaborando con los investigadores, no siempre tuvo buenas relaciones con las fuerzas del orden. Le gustaba provocar. Bill Hamilton, uno de los periodistas que está siguiendo el caso para el Copenhaghen Post, recuerda que en una entrevista en 2014, confesó que quería poner en jaque a la policía. Soñaba con lo que él llamaba el gran happening. “Contó que quería sobrevolar Copenhague en un zepelín y aterrizar entre las torres de la Catedral de Roskilde, que es uno de los iconos de la ciudad. Era contradictorio y provocador. Siempre quiso ser una celebridad”.

    Los que han trabajado con él, los que le conocen, coinciden en esa necesidad de ser el centro de atención. Egocéntrico y tempestuoso, hasta el hombre que ha permanecido a su lado hasta el último momento, Christoffer Meyer, cuenta que tuvo con Madsen incontables discusiones. Al amigo más cercano se le escapa a veces hablar de él en pasado. “Pero no estoy de acuerdo en los que lo presentan como una persona antisocial. Siempre estaba dispuesto a charlar con quien quisiera delNautilus”.

    Esa imagen afable dista mucho de lo que cuentan sus antiguos colaboradores. Kristian Elof Sørensen trabajó con Madsen en el proyecto que él mismo fundó en 2008, Copenhagen Suborbitals. Una alianza de medio centenar de ingenieros, matemáticos y profesionales apasionados por la carrera espacial. El sueño de conquistar juntos la estratosfera saltó por los aires en 2014. “Decidió establecerse por su cuenta aquí al lado. Es como divorciarse y seguir viviendo en la misma casa”. Sentado en la puerta de su hangar, Kristian señala el aparcamiento de al lado. A noventa metros se ve lo que queda de la empresa de Madsen. Una nave de metal oxidado que podría ser parte del decorado de Mad Max. Un barco en dique seco. Todo cerrado a cal y canto mientras su dueño espera en la cárcel la decisión del juez.

    Lejos quedan los buenos tiempos en los que Madsen llegó a tener hasta biógrafo. Thomas Djursing prefiere quedarse con la imagen del personaje que describía en su libro. “Un espíritu libre”, dice. Un ansia de libertad que alimentaba con otra de sus obsesiones personales, el fetichismo. Los medios más sensacionalistas han aireado las aficiones privadas de Madsen para explicar el crimen. Aunque según la policía no hay de momento indicios de un móvil sexual.

    Se ha descartado también que tuviera ayuda de otras personas. “Peter Madsen es el único sospechoso”, dice el jefe de la investigación. “No tenemos constancia de que haya más colaboradores. Hemos confirmado que solo él y Kim Wall estaban a bordo del submarino el 10 de agosto”. Es una de las pocas certezas que tiene la policía. La otra es que Madsen hundió el Nautilus de forma deliberada.

    Madsen no consiguió que el agua acabara con las pruebas de lo que pasó a bordo del submarino, pero sí se ha guardado la respuesta a la principal duda de los investigadores: el móvil. La forma en la que el cadáver fue desmembrado encaja mal con su relato del accidente. Tampoco pueden, de momento, determinar si Kim Wall sabía algo de su entrevistado que él quería que se callara.

    Mientras, el Nautilus permanece en tierra. Emerge tras un montículo, como un cachalote fosilizado en una calle sin salida en la zona más inhóspita del puerto de Copenhague. La escotilla abierta. La erosión del mar sobre su casco. 18 metros de eslora. El mayor submarino privado jamás construido. El prodigio de la ingeniería casera que ahora guarda en su entrañas el último secreto de Peter Madsen.

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